jueves, 15 de octubre de 2009

[...]



¡Observa! El cielo está distinto. Y era que no. Había pasado un día extraño..., un día normal, pero yo no me sentía normal. Obviamente palabras tan frías para un día tan cálido calan hondo, derriten el fuego, y congelan el alma. ¡Hey, tengo ganas de un buen día! ¿tú no?
Me dirigo al lugar de encuentro, y miro al cielo... y miro al cielo, y pienso en tí. Miro al cielo con atención, el tinte celeste parece ser opacado por... ¿por qué está de este color tan inusual? Un celeste frío, un celeste incoloro, un celeste superficial. Es así como te siento a veces. Las nubes parecen estar todas intentando decirme algo. El cielo se llena de miles de formas de nubes negras y blancas, y algunas rojizas por la acción del sol. Nubes negras amargas, nubes blancas que las desopacan, y nubes rojizas que lo embellecen. Amargamente, nubes parecen estar ordenadas en el horizonte, desde la izquierda y derecha hacia un centro, un centro donde se elevan, y elevan...
y wow! parecen como si de pronto explotaran, en una gran nube de esperanza, con restos fulminantes, y con restos ennegrecidos.

Este día tenía que llegar, se veía venir hace días, y solo algunas buenas jugadas lo habían evitado... no por mucho. Ya era hora de que todo aquello que opaca mi día se explayara, se manifestara... ¡mira este cielo! Algo debe tramar. ¡Ah, maldita sea! Te veo sentada ahí, tan fría como el tinte del cielo, y tu risa nerviosa delata tus intenciones, tu risa sonrrojada. Y posteriormente mi corazón roto, mi corazón ennegrecido, mi corazón hormigueado. La lluvia por consiguiente, y la lluvia en mi corazón. La lluvia desde siempre, la lluvia nunca se desvaneció.

No hay comentarios: